Suficientes para Matar (Hermano Pablo)





SUFICIENTES PARA MATAR


por el Hermano Pablo

Era la noche del viernes. Fin de semana. Noche de juntarse con amigos, de gastar en bares, de escuchar estridencias y de beber. De beber lo más que se pueda. Así que Douglas Cardt, de la capital de México, de veinticinco años de edad, salió a recorrer la noche. Sería una noche de éxtasis.

Douglas bebió con sus amigos. Bebió mucho. Bebió demasiado. Dieciocho latas de cerveza, dos margaritas bien fuertes, y seis vasos de tequila. Veintiséis «tiros», como les dicen en la jerga de los bares. Demasiados para un solo cuerpo. Y Douglas Cardt cayó fulminado después del «tiro» vigésimo sexto.

Sus amigos del vicio estaban demasiado borrachos para darse cuenta de lo ocurrido. A la mañana siguiente, se descubrió la tragedia.

El alcohol es el enemigo mortal del hombre. Quizá bebido con moderación, y muy de vez en cuando, pueda pasar como algo aceptable, pero el alcohol es adictivo, como lo son la cocaína, la heroína, el opio y la marihuana. Y por ser tan común, tan social, tan universalmente aceptado, se hace más peligroso.

Hay muchos que resisten su poderosa influencia, pero hay también cientos de miles que sucumben a ella. Y así vemos a hombres, padres de familia, obreros y profesionales, que se hunden en este denigrante vicio. En poco tiempo se transforman de hombres pacíficos y agradables, a fieras violentas que echan espuma por la boca y maltratan a toda su familia.

¿Cómo librar a la humanidad de este mortal enemigo? Primero hay que reconocer que es un mal social porque es un mal individual. ¿Y cómo, entonces, se libra al individuo de este mortal enemigo?

Esa emancipación comienza con un profundo deseo de ser libre. Cada uno tiene que desear, más que cualquier otra cosa, no ser esclavo. Y tiene que desearlo con tanta intensidad que está dispuesto a confesar abiertamente su vicio. Luego debe buscar a un grupo tal como «Alcohólicos anónimos».

Después, para completar la liberación, necesita buscar la ayuda que baja de los cielos, esa ayuda sobrenatural que neutraliza y derrota en un instante a los demonios sueltos que son las gotas del alcohol en las venas.

Ese poder celestial es Jesucristo. Él hace sobria a una persona de un día a otro. Él da el poder para eliminar el alcoholismo dentro del organismo humano. Pero tenemos que clamar a Dios de todo corazón pidiendo esa liberación. Cristo cambiará nuestra vida, pero tenemos que dejarlo entrar. Busquémoslo hoy mismo.

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